—La fuerza de voluntad que tengo es la que me ha mantenido a tu lado todos estos años —dijo con una calma cortante—. Soportando tus gritos, tu mediocridad y tu desprecio. Si como, es para llenar el vacío que dejas cada vez que me miras como si fuera un estorbo.
La noche en la ciudad nunca es realmente silenciosa, pero el estruendo de los autos pasando por la avenida parecía desvanecerse frente a la violencia de sus palabras. Estaban de pie junto a un viejo sedán con la pintura descascarada. Él, con las venas del cuello marcadas por el esfuerzo de gritar; ella, apretando una bolsa de plástico que contenía poco más que un refresco y pan dulce.
—No es por el dinero, y lo sabes —susurró ella, aunque su voz temblaba—. Es que necesitas a alguien a quien culpar de que tu vida sea un asco. Me usas de escudo para no ver tus propios fracasos.
Él se quedó callado, con la boca entreabierta, como si el aire se le hubiera escapado de golpe. No esperaba una respuesta que no fuera un sollozo. Por un segundo, el ruido de la ciudad volvió a inundar el espacio: el zumbido de los refrigeradores de la tienda, el ladrido de un perro a lo lejos.
Ella no respondió de inmediato. Su respiración era pesada, no solo por el peso de su cuerpo, sino por el cansancio acumulado de años de escuchar el mismo guion. La luz blanca de la tienda resaltaba las sombras bajo sus ojos y la redondez de su rostro, que en ese momento estaba encendido por una mezcla de vergüenza y rabia contenida.